
La última novela o nouvelles de Mercedes Cebrián inquieta al lector desde el título: La nueva taxidermia.
La taxidermia es, según la RAE, el arte de disecar animales para mantenerlos con apariencia de vivos.
Este concepto de connotación siniestra ha tenido, sin embargo, cabida en la decoración de espacios muy diferentes durante cierto tiempo. Y aún hoy podemos descubrir entre las conchas marinas que rellenan un cuenquito de vidrio, la cola sobresaliente de un desapercibido caballito de mar disecado (en el lavabo del baño de unos familiares o en la mesa de la sala de espera de nuestro dentista). En el peor de los casos, también nos podemos topar con la cabeza de un mamífero clavada en lo alto de la pared de un restaurante rústico con fotos de grandes toreros, y especialidad en carnes.
Los dos personajes femeninos de este libro, se acercan a este proceso y lo reinventan.
Para reconstruirla, oh paradoja, primero tengo que reconstruirme yo. Mi peso en ese momento eran 55 kilos, por eso, a partir de ahora, sopa de verduras y pollo hervido a diario. El pelo lo llevaba capeado y desfilado, según la terminología del sector peluquero (…) No era el mejor momento capilar de mi vida, pero era mi realidad de aquella época y así debo acatarla.
La incapacidad comunicativa de Belinda queda bien ilustrada en este capítulo.
Esta ausencia de voz, sin embargo, se presentará múltiple al ser escindida con la ayuda de tres ventrílocuos que funcionan, en principio, como intermediarios entre Belinda y la palabra. Como amputaciones siniestras, si se quiere, de una voz multirreferencial, que supone más que un desdoblamiento, un triplicamiento de la identidad de Belinda.
El conflicto se ve agudizado cuando sus muñecos Berta, Muccia y Juanjo, dejan de ser intermediarios y alcanzan una voz propia:
(…) Todo apunta que sí.
Así, en la primera historia, la necesidad de recrear el pasado o de actualizar un recuerdo, lleva a la narradora, propietaria de una falsa empresita de eventos, a convertirse en sujeto de una perfecta parafernalia vivida hace cinco años.
O, en la segunda narración, Belinda, víctima de la inmadurez verbal y carente de coraje para enfrentarse a situaciones adultas, acaba multiplicándose en potentes voces que ella misma prefabrica, confirmando que su incapacidad es, en realidad, miedo a ser la responsable de su propio discurso verbal.
Este peculiar contenido, llega expresado desde una voz que, a veces, narra, conduce, propone, apela e incluso, como poseedora de informaciones adicionales, realiza guiños al lector. Rasgos de la narrativa que inventa una ficción y un tiempo, pero también del ensayo, que valora y que reordena. Parecemos asistir a la lectura de un género diferente, híbrido, una pieza, además, llena de frescura, ingenio y asombro.