sábado, 13 de abril de 2013

Aquí os dejo el texto que mi querida amiga y compañera, Rebeca Álvarez Casal del Rey, escribió para la presentación de mi última lectura.¡Gracias Rebeca!

Me hace mucha ilusión estar hoy (día mundial de la poesía) aquí presentando a Verónica Delgado. Y me hace ilusión por partida doble, por un lado, nunca la he escuchado recitar y, por otro, ha sido una buena oportunidad para leerla más a fondo. Conocía los poemas de su blog y los de la antología Blanco Nuclear (que coordinó Luis en Sial), pero ahora he tenido acceso al poemario que tiene en el horno, La hora de la siesta, que esperemos que no tarde mucho en encontrar su casa.
Tengo un amigo (muy radical, él) que afirma que García Montero solo ha escrito un buen verso, pero que ese verso le salva: “tú me llamas, amor, yo cojo un taxi”. Verónica es, en cierto modo, una heredera directa de este endecasílabo, emblemático de la poesía de la experiencia (nada que ver con el “si tú me dices ven, lo dejo todo” de los Panchos). Y lo es no tanto por el protagonismo del yo, o por la temática amorosa de este verso en concreto, sino por esa cotidianeidad, tan actual, y por la elección que hace de lo sencillo. Estructuras simples, palabras cotidianas, guiños a la infancia, objetos y escenas de andar por casa... de hecho las palabras grandes aparecen tratadas con un giro casi quirúrgico:

Y qué hacer
Tampoco la RAE sabe definir abismo
y dice cosa inmensa, insondable e incomprensible.

No hay grandilocuencias en la poesía de Verónica, aunque sí muchos objetos que dan al poema la categoría de imagen fija, de bodegón vintage. Y mucha metaescritura. La presencia en el poema del propio proceso de elaboración-procedencia de la palabra es otra de las constantes, y ese modo de acercar al lector y dejarlo justo en el umbral de aquello que no va a ser narrado, de aquello que va a permanecer oculto a lo largo de toda su escritura. El duelo, por ejemplo, la pérdida:

No es el tiempo,
es ese botón caído en una esquina.
Son los objetos.
Las sartenes y las máquinas de coser.
Escribo compasión.
Escribo ausencia.

Sin rasgamiento de vestiduras y a menudo con grandes dosis de humor, nos muestra ese lado de la ruptura más próximo a la amputación que al llanto.

Cómo la extracción de tu recuerdo
si no alcanzo a escribir "guión" sin tilde.

El humor está tan presente en sus poemas como en su conversación, es la principal marca de la casa. Y ese modo de usar el lenguaje que, por un lado, nos acerca a las cosas, pero por otro es utilizado como una especie de profilaxis para adentrarnos en las emociones y bordear la herida sin escarbar en ella. La suya es una poesía muy racional, cerebral, que deja al lector asomado a una ventana de la que solo vemos los marcos, y de cuyas vistas solo tenemos, como coordenadas, esa insinuación que ha quedado en el aire con el mero hecho de ser nombrada. Un abismo, por ejemplo, una ausencia. La muerte.

Y a la hora de la siesta,
cuando el pecado brotaba de las paredes
y ardía lentamente el agua de mi piscina hinchable,
llegaban las libélulas de Oriente
a escribir en el aire «mortalidad»

Su escritura denota un gran amor (y conocimiento) a la literatura y al lenguaje, a ese sentirse escritor-lector sin el que la creación no sería posible. A ese momento de comprensión, de transmisión, casi podría decirse que de “revelación” (aunque es una palabra demasiado grande), en que la idea es escrita y en que lo escrito es leído.

Huelo el libro.
Y retengo un perfume
como una vocal de apoyo inadvertida que previene la cacofonía.
El libro lo sabe y yo lo sé.
Él es el soporte invencible. Yo soy la carne.

Este amor-conocimiento del lenguaje que denota su escritura me ha hecho caer en la cuenta de que, de hecho, creo que siempre ha tenido trabajos relacionados con su condición de escritora-lectora: profesora de lengua y literatura; ha impartido y coordinado talleres de escritura creativa y tertulias literarias, así como ciclos de poesía; ha sido correctora y editora... (y lo que no deja de llamar la atención es lo joven que es para tan buen currículum).

Supongo que era divertido proyectarnos sin epílogo
como un cuento moderno de final abierto.

Pero son cinco las muñecas rusas.
Y cinco las vocales de nuestro alfabeto.

Llama la atención la presencia de las cifras en sus poemas, luego tomando una copa te preguntaré sobre ello, cinco vocales, diez mandarinas, cinco fotos, 12 huevos... tal vez cuantificar los objetos les otorga presencia, realidad, los hace tangibles sin necesidad de describirlos, nos permite entender desde la superficie, como el hecho de nombrar las emociones sin zambullirse en ellas.
Y luego tiene esa faceta lúdica en que hace un retrato casi pop de esa España de geranios, hule y gotelé.

Tres veces limpié mi hule de cuadros con cerezas.

O ese guiño que nombré antes al mundo de la infancia

Ponerme uñas postizas
con la pegatina ovalada de diez mandarinas.
Y teclear hierática en una caja registradora.

Y, como buena amante de la poesía que es, también la caracteriza el ritmo, la musicalidad.

Abierta está la olla.
Matad a estos dos loros
con cianuro y durazno.
Desnucadlos con ritmo
en mi tabla sonora.

Por último, y antes de que proceda a la lectura, que es lo realmente importante y los poemas hablan por sí solos, recomendaros su blog, además de sus poemas podréis encontrar alguna de sus reseñas, realmente brillantes. Ya para despedirme os voy a leer un fragmento de una de ellas, que bien podría ser una poética.

Los trabajadores de la palabra hablan mucho últimamente de por qué escriben.
Hace tiempo leí un artículo en el que Julio Wallovits afirmaba que el arte es “salirse de uno mismo para observarse”. Esta idea de desdoblamiento, algo narcisista, me parece acertada. Aunque, extendería la observación a más realidades que a uno mismo, seguramente en la selección del material real observado hallaríamos tanta individualidad como en el espejo, y sería, además, un proceso mucho menos aburrido.

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